El tiempo pasó, pero la herida sigue abierta. Julio Buffarini volvió sobre uno de los momentos más duros de su carrera y puso en palabras lo que se vivió puertas adentro de Boca tras la final de la Copa Libertadores 2018 en Madrid.

Aquella noche en el Santiago Bernabéu, donde River se impuso 3-1 en el alargue, dejó una marca profunda en el plantel “xeneize”. Buffarini, titular en ese equipo, recordó el instante inmediato al pitazo final con una frase que resume el clima: “Fue duro, durísimo. Perder cualquier final es duro y ni hablar una final de Libertadores con tu clásico”, dijo.

El regreso al vestuario fue el primer impacto real. Sin público, sin ruido, sin la adrenalina del partido, apareció el peso de la derrota. “Entramos al vestuario y había un dolor muy grande”, relató el lateral, describiendo un ambiente cargado de angustia y silencio.

A pesar del golpe emocional, el equipo mantuvo ciertas rutinas. El cuerpo técnico tomó la palabra y también lo hizo Fernando Gago, quien había sufrido una lesión durante el encuentro y dejó una de las imágenes más recordadas de esa final. Luego, casi de manera automática, los jugadores cumplieron con el cierre habitual: ducha y salida hacia el micro.

Pero lo más difícil todavía estaba por venir.

El viaje de regreso fue, según Buffarini, uno de los momentos más duros. El plantel compartió el vuelo con sus familias, que también habían vivido la final con intensidad. “Era una locura. Habíamos ido con nuestras familias y había nenes que ya entendían y lloraban. La verdad que no fue para nada lindo”, contó.

Esa escena, lejos del estadio y de la competencia, terminó de dimensionar el impacto de la derrota. No solo era un golpe deportivo, sino también emocional, extendido a los seres queridos.

Buffarini también recordó el contexto particular de aquella final, una de las más atípicas en la historia del fútbol sudamericano. Tras el 2-2 en la ida en La Bombonera, los incidentes en las inmediaciones del Monumental -con el ataque al micro de Boca- obligaron a trasladar el partido decisivo a España.

Ese cambio alteró todo: la logística, el clima, la preparación. Y terminó construyendo un escenario único, que elevó aún más la carga simbólica del partido.

Con el paso de los años, el exdefensor reconoce que esa experiencia también dejó aprendizajes. “Uno aprende de las derrotas”, afirmó, aunque sin ocultar que aquella caída sigue siendo especial, distinta, imposible de olvidar.

Porque no fue una final más. Fue un Superclásico. Fue en Madrid. Y, como dejó en claro Buffarini, fue una noche que todavía duele.